Cuando en 1680 se trasladó a Querétaro Carlos de Sigüenza y Góngora asistió allí a la solemne dedicación del templo de la Congregación, surgía en esos momentos aquella ciudad como la tercera en importancia de la Nueva España, sólo superada entonces por México y Puebla. Querétaro era un anticipo de la grandeza de El Bajío y desde entonces y por mucho tiempo fue la verdadera capital cultural.
Según los estudiosos la palabra Querétaro significa “Juego de Pelota” en tarasco, lo mismo significa Nda-Maxei en otomí. En su proximidad – por Huimilpan- hallábase Coatl-icámac, tocado en el siglo XII por los mexicas en su peregrinación y punto de partida de la migración de Xólotl en el siglo XIII, y donde todavía en el XVI encontrábase el centro de poder de los chichimecas pames. Querétaro, pues, era tierra de chichimecas. Fue después poblada por un grupo de otomíes que se internaron en la región de La Cañada. El jefe de este grupo se llamaba Cónin (probablemente Khoni), quien luego de bautizado llevó el nombre de Don Fernando de Tapia.
Don Fernando de Tapia llegó a hacer amistad con los españoles y junto con Don Nicolás de San Luís Montañés, pidió autorización para establecer en Querétaro un Pueblo de Indios (1537). Esto se logró por 1538, asentándose el primer Querétaro y fue en este último año cuando Juan Sánchez de Alanís señaló su trazo.
Querétaro se convirtió desde 1550 en sitio de tránsito muy importante, pues era paso obligado para ir a Zacatecas, cuyas minas, descubiertas desde 1546, atrajeron hacia ellas una gran afluencia de aventureros. Querétaro y San Miguel el Grande eran los últimos baluartes de la colonización antes de internarse en tierra de chichimecas.
A partir de 1550 Querétaro se poblando progresivamente de españoles, aunque siempre como pueblo de indios. Varios cronistas afirman que en 1606 fue elevada ala categoría de villa.
El cronista Larrea, en su Crónica de Michoacán escrita hacia 1638 dice del pueblo de Querétaro que se encontraba ”situado en la falda de una pequeña cuesta, cuya población se dividía, mitas arriba y mitad abajo, contando con casi cuatrocientos vecinos españoles todos de caudal y porte, divididos en sus calles a lo político y popular…. Sus casas muy cumplidas así de lo material como de lo necesario y así todas en general tiene agua de pie y las más, huertas y viñas con sus huertos y recreos, que sin encarecimiento pueden competir con lo Ibleos y celebrados pensiles de Grecia y Babilonia… Tiene en menos de una legua dos molinos grandiosos y otro en el mismo pueblo. En todo su contorno no hay palmo de tierra que no esté cultivado en todas semillas, huertas muy hermosas, viñas muy considerables de que se coge mucha uva, juntamente con toda la fruta de Castilla, caña dulce, cardo, verdura, lima, limón y naranja todo el año, con que siendo su población tan grande y el concurso mayor por los tratos tan gruesos no necesita de otras partes… El trato con que se enriquece y autoriza su república, es el mas grueso que se conoce en el reino, porque es ganado mayor y menor, es tan gruesa cantidad que no hay vecino que no sea criador y señor de muy grandes haciendas”.
El siglo XVII no sólo fue época de prosperidad material para Querétaro, sino también de reconstrucción total, pues al llevarse a cabo las edificaciones de sus grandes conventos y monasterios se demolieron las del siglo XVI, no quedando en la actualidad vestigios de las construcciones primitivas. Por contraste, la monarquía española padecía entonces de una de las crisis más dolorosas de su existencia. España comenzaba a rendirse bajo el peso de su propia grandeza. Este quebrantamiento económico se hizo evidente en la real cédula del 13 de febrero de 1655 expedida por Felipe IV, en la que facultaba a los virreyes de sus colonias para que titularan ciudades y otorgaran otros privilegios y honores a cambio de su donativo. Se comicionó como juez particular para la ejecución de esta orden a Andrés del Rosal y Ríos, quien se traslado a Querétaro, reunió a los regidores capitulares y principales vecinos de la población, les hizo saber cuál era su misión y, previo acuerdo, obtuvo un donativo de 3 mil pesos en oro para que se concediera a Querétaro el título de ciudad y se le otorgara un escudo de armas. El comisionado expidió el título de Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de Querétaro.
Al iniciarse el siglo XVIII la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Santiago de Querétaro se había convertido en una de las poblaciones más prósperas y hermosas de la Nueva España. No sólo por la fertilidad de sus ubérrimas tierras y por sus ricas haciendas, por sus telares y obrajes, sino también por ser un centro comercial de gran importancia, por su privilegiada situación en el cruce de todos los caminos. Intensa vida social y cultural se desenvolvía en Querétaro. No faltaban ricos mayorazgos, caballeros de las órdenes militares y algunos títulos de Castilla, que como el marqués de la Villa del Villar del Águila y el conde de Sierra Gorda prestaron grandes servicios, tanto a la ciudad, como a la conquista y pacificación de grandes extensiones de la Nueva España. La Real Fábrica de Tabacos, en la que se daba ocupación a varios miles de trabajadores; los molinos, telares y obrajes contribuían a la riqueza y prosperidad de la ciudad, de cuyo progreso industrial quedó asombrado el barón de Humboldt.
Reflejo de la prosperidad de que gozaba la ciudad en el siglo XVIII fueron las grandes obras materiales, como la del acueducto, que condujo desde el pueblo de La Cañada el agua potable para uso de los vecinos. Esta obra, llevada a cabo por el marqués de la Villa del Villar del Águila casi desde su exclusivo peculio, se inició el 15 de enero de 1726 y el 17 de octubre de 1738 se concluyeron los trabajos y se bendijeron las fuentes públicas. También se construyeron en esta época los más hermosos edificios del barroco queretano, siendo el más grandioso de ellos el del convento e iglesia de San Agustín, el Real Colegios de San José de Carmelitas Descalzas, los Colegios de San Ignacio y San Francisco Javier. En arquitectura civil también se construyeron soberbios ejemplares del estilo barroco queretano, como la llamada Casa de los Perros y los palacios de Ecala, el edificio de los Condes de Sierra Gorda y la Casa de la Marquesa.
En 1796 fue expedida la Ordenanza para la División de la ciudad de Santiago de Querétaro en Cuarteles Menores, creándose alcaldes de ellos y dándose reglas para su gobierno; su autor fue el primer corregidor de Letras, el licenciado José Ignacio Ruiz Calado quien murió seis años después sucediéndolo en el cargo el famoso Corregidor Miguel Domínguez.
Era la confluencia de corrientes de tráfico increíbles; era el bazar, en que se cambiaban los productos del mundo todo para el surtimiento de la república. Cerrados al comercio exterior la mayor parte de los puertos del Pacífico, Querétaro era la garganta para el comercio exterior y sus cambios. Favorecido por un hermoso clima, , con recursos abundantes de vida, fecunda agricultura, minerales, maderas exquisitas, batanes de paños, con sus cien templos, y sus edificios suntuosos.
CUNA DE LA INDEPENDENCIA.
Aún así existía un profundo malestar entre los criollos y naturales del país, tanto por las leyes restrictivas de la industria nacional, dictadas a favor de la metrópoli, como por la preferencia dada a los españoles europeos sobre los americanos en la provisión de los cargos eclesiásticos, civiles y militares de mayor categoría. La arrogancia de los primeros y su afectada superioridad herían el orgullo nacional de los criollos, lo cual aunado al deseo de gobernarse por si mismos, fue creando un clima favorable a las ideas de independencia, que hallaron su cuna en esta ciudad, entre los hombres más ilustrados de la población. De indudable influencia entre los partidarios de las ideas libertarias fue la visita que hiciera a esta ciudad el virrey José de Iturrigaray en 1803, habiéndose alojado en la casa del regidor Ignacio de Villaseñor Cervantes, quien fuera posteriormente gran amigo del capitán Allende y un activo conspirador, ligado por el parentesco de su esposa con los hermanos Aldama y por afecto con el corregidor Miguel Domínguez y su esposa Josefa Ortiz de Domínguez. En 1805 el propio virrey suspendió en su empleo al corregidor de Querétaro por haber sido éste quien redactó la representación del Tribunal de Minería al publicarse la real cédula de 26 de diciembre de 1804, que ordenaba la enajenación de los bienes de obras pías. Sin embargo, el monarca español ordenó al virrey que restituyese en su empleo a Domínguez, lo que hizo después de muchos pretextos y reticencias.
El 30 de julio de 1808 llegó a Querétaro la noticia traída por la fragata Esperanza de la exaltación de Fernando VII al trono de España.
Para festejar este hecho las fiestas se prolongaron durante 4 días y terminaron con un gran baile en el patio de la casa de Cabildo. Ese mismo año, mientras en México era sofocado un intento libertario en Querétaro fueron denunciados anónimamente; como adictos a la Independencia, el corregidor Miguel Domínguez, el regidor Pedro Antonio de Septien Montero y Austri, Mariano Bárcena, el marqués de Rayas y el caballero Fagoaga. (El expediente instruido sobre este proceso se encuentra en el Archivo General de la Nación).
En 1810 Querétaro era el principal centro de la conspiración para llevar a cabo la independencia política del país. Bajo el disfraz de saraos y reuniones literarias, se veían los conspiradores, que en esta ciudad pasaban ya de 400. A estas reuniones auspiciadas por la corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, concurrían distinguidos queretanos, así como los capitanes Ignacio Allende, Juan Aldama y los hermanos Epigmenio y Emeterio González. También asistía a ellas, secretamente, el cura de la parroquia de Dolores Miguel Hidalgo y Costilla. A principios de septiembre de 1810 estuvo en Querétaro, invitado por Allende, y habló con Epigmenio González, a quien instó para que acelerara la fabricación de las armas que se utilizarían en la revolución. Cuando ya se había fijado la fecha para el levantamiento, varias denuncias pusieron sobre aviso a las autoridades españolas y éstas procedieron rápidamente a sofocar el movimiento, cayendo sobre las casas de los conspiradores para encarcelarlos. El corregidor Domínguez con el fin de salvar a sus colegas, acompañó personalmente a la fuerza pública en esas diligencias; mientras ejecutaba el cateo de las casas de los hermanos Epigmenio y Emeterio González, los ponía en prisión y hacía otras pesquisas judiciales, su esposa Josefa trató de dar aviso al capitán Allende de la gravedad de la situación. Su recámara estaba sobre la vivienda del alcalde de la cárcel, la cual como en varias de las capitales de provincia, se hallaba en los bajos de la casa de gobierno. El alcalde se llamaba Ignacio Pérez y era uno de los más activos agentes de la conjura. La señal convenida entre él y la corregidora, para comunicarse en cualquier caso imprevisto, eran tres golpes dados con el pie sobre el techo del cuarto; diéronse pues, en aquella crítica circunstancia, y como el corregidor había dejado cerrada la puerta del zaguán, a través de ésta impuso la corregidora a Pérez de las ocurrencias de aquella noche, y le previno buscase persona de confianza que fuera con toda diligencia a San Miguel a informar a Allende de todo. Pérez no confió a nadie la misión y partió él mismo en busca de Allende; no lo encontró en San Miguel, pero si a Aldáma de modo que juntos pasaron a Dolores en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, en que fue proclamada la Independencia Nacional.
Casi a la misma hora en que Hidalgo y sus compañeros daban el grito de Dolores, todos los conjurados estaban ya presos en Querétaro, incluso el corregidor y su esposa, el primero en el convento de la cruz y la segunda en el de Santa Clara. Poco tiempo después fueron liberados y el corregidor restituido en su empleo. A pesar de ello, Josefa Ortiz de Domínguez siguió siendo activa partidaria de la revolución, que había estallado gracias a la oportunidad de su aviso: se comunicaba en Querétaro con sus adictos y mantenía relaciones con los insurgentes de fuera, dándoles noticias de cuanto ocurría. Las violentas y enérgicas medidas de represión tomadas por el gobierno español para sofocar la insurgencia no pudieron extinguir el fuego revolucionario que desde Querétaro se propagaba hacia todos los rumbos. A causa de las muchas quejas que de ello recibió el Virrey, comisionó secretamente al arcediano de la catedral de México, José Mariano Beristain y Souza, para que hiciese las investigaciones encaminadas a descubrir a los autores de aquella conjura, nunca interrumpida ni sofocada, a la que eran favorables muchos de los curas. El canónigo Beristain informó reservadamente al virrey “…que había en Querétaro un agente efectivo, declarado e incorregible, que no perdía ocasión ni momento de inspirar odio al rey, a la España, a la causa y determinaciones y providencias justas del gobierno legitimo de este reino, y que éste era la mujer del corregidor”. La calificó de “verdadera Ana Bolena, que había tenido valor para intentar seducir al mismo Beristain, aunque ingeniosa y cautelosamente”. Con tales informes el virrey privó de su cargo al corregidor Domínguez y nombró juez de letras al doctor Agustín Lopetedi, encargándole detener a doña María Josefa y remitirla a la ciudad de México. El proceso y confinamiento de la corregidora dio fin a la agitación que había en Querétaro, ciudad que desde entonces fue fortificada por el gobierno español, de tal manera que nunca pudo ser tomada por los insurgentes.
Una vez proclamado el Pan de Iguala y después de la capitulación de San Juan del Río, Agustín de Iturbide se dirigió a Querétaro, que se encontraba defendida por el brigadier Luaces; estableció su cuartel general en la hacienda del Colorado y puso en estado de sitio a la ciudad. Luaces contaba con muy reducidas fuerzas para defender la plaza, por lo cual se concentró en el Convento de la Santa Cruz, situado en una colina adyacente. En virtud de este movimiento quedó la ciudad abandonada y pudo ocuparla Iturbide sin disparar un tiro. Luaces, que había perdido toda esperanza de recibir refuerzos, celebró las capitulaciones para la rendición y Querétaro paso a poder de los independentistas el 28 de junio de 1821, dando con ello fin a la dominación española que había durado en ese territorio 290 años. Con motivo de las guerras de Independencia, la agricultura y la ganadería queretanas quedaron casi extinguidas y la industria sufrió un rudo golpe al ponerse en vigor los aranceles que gravaron con altos impuestos los productos y manufacturas.
OTROS HECHOS HISTORICOS
Al finalizar 1823, cuando se discutía en el Congreso Constituyente cuáles entidades formarían parte de la federación mexicana, Querétaro estuvo a punto de ser eliminado, agregándose su territorio al de los estados de México y San Luís Potosí; pero gracias a la brillante defensa que hizo su representante, el doctor Félix Osores, fue incluido como Estado Libre y Soberano en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1824.
Durante los primeros años de la Independencia, la cuidad de Querétaro hubo de sufrir las consecuencias de las frecuentes revoluciones y cuartelazos de los inestables gobiernos de la República, habiendo sido escenario de no pocos acontecimientos de resonancia nacional. En 1848 tocaba a su fin la guerra con Estados Unidos y el gobierno de México deseaba concertar una paz honrosa con su enemigo. Para ese efecto se trasladaron a Querétaro los supremos poderes y en el gran salón de la Academia de Bellas Artes se discutió el tratado de paz con los norteamericanos, el cual se firmó el 30 de mayo por el ministro de Relaciones Luís de la Rosa y por los representantes de la potencia agresora, Natam Clifford y Ambrose H. Servier. El presidente Manuel de la Peña y Peña lo autorizó en su residencia ubicada en la casa Núm. 2 de la 3ª. Calle de San Antonio (avenida Hidalgo). Las fuerzas norteamericanas salieron del país y el gobierno nacional quedó en manos de José Joaquín de Herrera. Pronto se sucedieron las revoluciones y cuartelazos; en Querétaro fueron frecuentes los levantamientos, principalmente los encabezados por Tomás Mejía, quien más tarde habría de figurar como uno de los principales jefes militares del partido conservador. El centralismo trajo nuevas inquietudes; y durante las guerras de Reforma y de Intervención, Querétaro sufrió las consecuencias de la más enconada y sangrienta lucha. En esa época se perdieron grandes monumentos y tesoros artísticos de valor inapreciable; muchos de sus templos fueron demolidos hasta sus cimientos; los altares barrocos, arrojados al fuego; las alhajas de oro y plata, fundidas; y los marfiles y piedras preciosas, presas de la rapiña.
LA REFORMA
En 1867 el emperador Maximiliano concentró en Querétaro un ejército de 9 mil hombres, al que 30 mil republicanos pusieron sitio. Defendían la plaza los mejores generales del ejército imperialista (Miramón, Mejía, Méndez y otros) y dirigían el ataque los más expertos jefes del ejército republicano (Mariano Escobedo, Nicolás Regules, Ramón Corona. Jerónimo Treviño, Vicente Riva Palacio). Se libraron sangrientos combates, como el de Casa Blanca, y brillantes salidas, como la del Cimatario. El asedio de la plaza duró 3 meses, al cabo de los cuales los sitiados carecían de municiones y víveres, por lo cual decidieron hacer una salida y romper el sitio el 16 de mayo, pero el 15 en la madrugada el coronel Miguel López entregó el punto de la Cruz y cayó la plaza en poder del ejército republicano. Maximiliano logró salir con algunos de los suyos y guarecerse en el Cerro de las Campanas, donde se rindió y entregó su espada al general Mariano Escobedo. Maximiliano, Miramón y Mejía fueron juzgados en el Teatro Iturbide (hoy de la República) y sentenciados a la pena de muerte. La ejecución se llevó a cabo el 19 de junio de 1867, a las 7 de la mañana, en el Cerro de las Campanas.
La época porfiriana significó para Querétaro una era de paz y prosperidad. Durante ella se restauraron la mayor parte de sus ruinas. Los interiores de los templos fueron reconstruidos conforme al estilo dominante, y en los predios que ocuparon los destruidos, se hicieron plazas públicas, mercados y edificios. Las nuevas construcciones adoptaron el estilo afrancesado, muy en boga en la capital de la República. La llegada del Ferrocarril Central fue celebrada con grandes festejos, y para darle mayor realce se organizó una Exposición Industrial, inaugurada a la llegada del primer tren, el 30 de Abril de 1882.
LA REVOLUCIÓN EN QUERETARO
Durante el período revolucionario iniciado en 1910, Querétaro fue también teatro de numerosos acontecimientos. Su situación geográfica lo convirtió nuevamente en lugar de paso de todos los ejércitos y en sitio estratégico de gran importancia militar. Por esa ciudad pasaron los más notables caudillos de la revolución y muchos queretanos, entusiasmados por los ideales libertarios, se alistaron en sus filas. Venustiano Carranza, en su carácter de primer jefe del Ejército Constitucionalista, por decreto del 2 de febrero de 1916 declaró a la ciudad de Querétaro capital provincial de la República y asiento del Poder Ejecutivo de la Unión y de las Secretarias de Estado. Carranza defendió a la ciudad contra sus detractores; en su discurso de La Cañada, pronunciado en enero de 1916, dijo: “Yo no juzgo que la ciudad sea reaccionaria, como acaba de expresarlo el doctor Atl; la reacción está en las clases elevadas de toda la República, en los próceres del capital; pero el pueblo9 aquí, como el de Coahuila y el de Sonora, que tanto han luchado por sus libertades, es liberal y tiene confianza en el triunfo de sus destinos”. Por decreto del 19 de septiembre de 1916 se convocó al Congreso Constituyente que se reuniría en Querétaro a partir del 1º. De diciembre de eses año; instalado en el Teatro de la República, los debates culminaron con la promulgación de la Constitución Política del 5 de febrero de 1917. Durante su estancia en Querétaro, Carranza ordenó la pavimentación de las calles y el saneamiento y embellecimiento de la ciudad; se abrieron nuevas avenidas y se ampliaron otras, se fomentó la educación pública y se establecieron nuevas escuelas, se construyeron obras de drenaje y se transformaron los parques y jardines; se instalaron candelabros para el alumbrado público y en general se mejoraron todos los servicios municipales, adquiriendo la ciudad un bello y agradable aspecto.
INVASIÓN NORTEAMERICANA
En ocasión de la invasión norteamericana, el presidente de la Suprema Corte, licenciado Manuel de la Peña y Peña, se trasladó a Querétaro el 12 de octubre de 1847 a recibir del general Pedo María Anaya el cargo de primer magistrado que le correspondía por ministerio de la ley. Se declaró a la ciudad capital de la República y en un humilde despacho se firmó, el 30 de mayo de 1848, el Tratado de Paz con los Estados Unidos de Norteamérica.
El 7 de junio De la Peña abandonó la entidad y se instaló en Mixcoac, mientras los invasores salían de la Ciudad de México. En las postrimerías de su gobierno (febrero de 1867), Maximiliano, al frente de su cuerpo de 4 mil hombres, se situó en Querétaro dispuesto a enfrentarse a los republicanos. Las tropas mexicanas, al mando del general Mariano Escobedo, pusieron sitio a la plaza y consiguieron tomarla después de dos meses de lucha, el 15 de mayo de 1867. El Consejo de Guerra, instalado en el antiguo Teatro Iturbide, dictó sentencia de muerte para los prisioneros Maximiliano, Miramón y Mejía el 14 de junio de 1867, la cual se ejecutó el 19 del mismo mes en el Cerro de las Campanas. En el curso de esta campaña, una granda enemiga estalló muy cerca del centinela Damián Carmona, destrozándole el rifle; pero sin abandonar su puesto, exclamo: “¡Cabo de cuarto, estoy desarmado!”.
FECHAS CONMEMORATIVAS:
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2 de Enero: declaración de Querétaro como capital de la República (1862)
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25 de Enero: otorgamiento a Querétaro, por cédula real, del título de Muy Noble y Lean Ciudad (1656)
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5 de Febrero: Aniversario de la Constitución de 1917.
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15 de Mayo: toma de Querétaro y caída del Imperio de Maximiliano (1867)
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30 de Mayo: firma del tratado de Paz con Estados Unidos (1848)
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17 de Junio: erección de Querétaro como Corregimiento de Letras, único virreinato (1794)
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25 de Julio: fundación de la ciudad de Querétaro (1531)
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13 de Octubre: declaración de Querétaro como capital de la República (1847)
Fuente: Enciclopedia de México - Tomo 10 - Querétaro (Resumen del Texto)
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