Aún así, tuvo la sensibilidad de vivir la experiencia como si fuese un niño, con asombro y confianza, con travesura y determinación. De pronto, el mundo ejerció una fascinación insólita. Veía líneas y diseños por todos lados, en los edificios, en los coches, en los gestos, en las pequeñeces, en lo simple. En las sombras. Una mirada en la que los volúmenes y las texturas, todo inauguraba. Pero este, sólo fue el inicio del viaje, pues el regocijo quiso más y fue cuando tocó la materia para enamorarse totalmente.
Del barro al vidrio, de las placas de acero al bronce todo ha sido un proceso en perpetua marcha, en desafiante revelación.
Sus piezas se yerguen con una línea estilizada, que en el espacio circundante parecen seres inmortalizando un segundo de recogimiento o de abandono. Féminas que visten distintas pátinas, distintos tiempos, pero que nos atrapan con su sensualidad y su pudor. La sensación de que hay movimiento es tan nítida que hay que recorre cada pieza desde todos sus ángulos para completar la danza.
La obra de Francisco posee tiempo. Un tiempo añejado con dulzura y firmeza. Esta cualidad le otorga el requisito indispensable para seguir permaneciendo con una estética veraz. |
 |