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EXPOSICIONES TEMPORALES
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MUSEO DE ARTE DE QUERÉTARO
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EL TOREO ES UN ARTE QUE INSPIRA OTRAS ARTES
Su misterio, su colorido, su belleza plástica, su ritual, la amalgama de la elegante quietud del torero y la fuerte embestida del toro, han dado lugar a creaciones pictóricas, escultóricas, cinematográficas, poéticas, literarias y musicales.
A diferencia de otras artes, el toreo se realiza con un animal que puede herir y matar. El pintor o el escultor pueden rehacer o desechar una creación cuantas veces quieran, a diferencia del torero, que tiene un cuarto de hora para completar una obra artística hilvanada, impulsada por su valor, gusto y sentimiento, antes de darle muerte al toro. La suerte se ejecuta y desaparece, quedando únicamente su recuerdo y su sensación en la mente y la sensibilidad del aficionado que la ve desde el tendido.
El toreo es pues, un arte efímero. Nos dice Federico Garibay: ¿Qué ha quedado?
Todo pasó, irreversiblemente. El grupo escultural del torero y el toro -ritmo, riesgo valor, música, temple-, ¿dónde está? Y no se puede repetir porque siempre es distinto, y no se puede eternizar porque su esencia es el pase… pasa… pasó.
Y alude al arenero, monosabio encargado de borrar para siempre las marcas del toreo: Adiós torito, te llevan, y aquí no ha pasao ná. Tras ti borrando tu estela, yo soy como agua del mar, con una espuerta de arena tapo la sangre, ya está, tu sangre toro y tu sangre también, torero, si la hay. ¿Quién las distingue en el ruedo? Las dos lo manchan igual, todo lo iguala el rastrillo y aquí no ha pasao ná. El arenero va y viene, mi rastrillo viene y va, aquí borro una verónica y allá barro un natural.
El festejo es una espontánea puesta en escena, en la que no existe un guión preescrito, donde el torero deberá crear arte sobre la marcha, en medio del peligro que representa el animal encornado cuyo instinto es atacar. Las características particulares del toro en turno condicionarán la faena del diestro hasta llevarlo por el sendero del arte, el poderío, la temeridad.
Grandes pintores se han ocupado del tema de los toros: Goya, Dalí, Picasso. Ha habido especialistas postineros como Ruano Llopis, Martínez de León o Pancho Flores. Entre los escultores pervive uno muy representativo, el yucateco Humberto Peraza, el mejor del mundo a la hora de fundir en bronce la emoción única de las suertes. Las esculturas que rodean a la Plaza México, de soberbio realismo, son obra del artista plástico valenciano Alfredo Just. El cine también ha llevado las corridas a la pantalla, con el tema específico del miedo de los toreros en el documental Torero, rodado por Carlos Velo y protagonizado por el desconcertante y personal Luis Procuna, en el año de 1956. Y los poetas: Góngora, Lope de Vega, Rubén Darío, Gerardo Diego, García Lorca, Machado, y en tiempos más recientes, José Alameda. Y los escritores: Pérez Luguín, Blasco Ibáñez, Hemingway, Spota. En la música, Agustín Lara compuso extraordinarios pasos dobles dedicados a España –sin conocerla- y a toreros como Silverio Pérez, adalid sentimental de la Fiesta mexicana. En Carmen, la ópera de Georges Bizet, el cuarto acto de desarrolla en una plaza de toros donde Escamillo triunfa, al tiempo en que su amada Carmen es apuñalada.
Pero también es importante remarcar que hombres inteligentes y cultos no encuentran en los toros una barbarie donde se disfruta con el sufrimiento del animal -como pregona un grupo cada vez más numeroso de antitaurinos confundidos en todo el mundo-, sino una manifestación artística de larga tradición y profundas raíces culturales.
Heriberto Murrieta |
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