Alguna vez oí a Lourdes Grobet decir que sus principales influencias eran Mathias Goeritz, Gilberto Aceves Navarro y El Santo. Esta santísima trinidad representa una cosmovisión dialéctica, equilátera, que forma una pirámide repositoria del arte contemporáneo mexicano. Mathias Goeritz –con su modernismo lúdico (precursor atacado del minimalismo), sus esculturas, instalaciones, poesía concreta y experimentos posdadaístas y protoconceptuales– funcionaría como tesis y un extremo de la base de la pirámide. Gilberto Aceves Navarro –el maestro de maestros de generaciones de pintores y artistas de la Academia de San Carlos, con su gestualismo incontenible y sensual, su expresionismo intuitivo ("piensen con la punta del lápiz", nos decía, exaltando el uso del lado derecho del cerebro) y su academia antiacadémica– sería la antítesis y el otro extremo de la base. Como síntesis y punta de la pirámide tendríamos ni más ni menos que al enmascarado de plata, ¡el Saaaaaaaaaaaannnnttttttooooo!, y con él un folclore y una cultura popular urbana, dinámica y contemporánea. Conceptualismo, pintura y pop son aristas que siguen conteniendo la mayor parte de la producción artística. Estos patronos se le aparecieron a Lourdes (ellos fueron sus maestros, incluyendo al mismísimo Santo, de quien el resto de los mortales sólo podremos aprender del celuloide) para encomendarle, a cual Juana de Arco, una misión de liberación.
Los años sesenta y setenta, el movimiento estudiantil, y como consecuencia el feminismo y el arte de grupos, determinarían la obra de Lourdes. La búsqueda de un arte cuya finalidad y reconocimiento no estuviera sometido a intereses comerciales y/u oficiales no fue en este caso un capricho idealista pasajero. Tampoco lo fueron la experiencia del trabajo colectivo y la colaboración que colocaron a esta artista dentro del proceso cultural que finalmente es comunitario.
La especialización moderna generó un lenguaje fotográfico "independiente" que hizo de la calidad fotográfica, el registro realista y el momento decisivo, fetiches que se volvieron fines en sí mismos. Por otro lado, la crisis de la pintura con su muerte anunciada abrió el camino para que los artistas exploraran nuevos medios, tecnologías y formatos multidisciplinarios. La aceptación de la fotografía como arte en sus propios términos y su liberación del pictorialismo resultó en el aislamiento y el sectarismo de gran parte de los fotógrafos hacia el arte en general.
Por si eso fuera poco, tenemos artistas que se abocan a la práctica fotográfica sin el entendimiento de su historia y su práctica particular. En ese sentido Lourdes ha sido pionera en la búsqueda del eslabón perdido, que es el vínculo de la experiencia artística y la práctica fotográfica. Su trabajo ha sido un experimento constante y como tal ha generado todo tipo de resultados. Va más allá de una exploración meramente conceptual y se desborda de cualquier tipo de rigor purista, ya sea fotográfico, conceptual, documental, etcétera. En él aglutina preocupaciones personales, de género, de identidad, políticas, sociales, culturales y formales sin abanderar ninguna posición dogmática. Esta experiencia fotográfica ha funcionado como proceso inductivo para entender o vivir la realidad (o realidades) y no para ilustrar ciertas ideas preconcebidas. Ella no teme utilizar diferentes lenguajes a su alcance (a veces contradictorios) para hablar de su experiencia y su posición particular, sacrificando el purismo formal. A su manera, Lourdes logra utilizar la fotografía para vincularse, vincularnos y actuar en la difícil realidad mexicana.
Tratando de no agobiar al posible lector, voy a analizar algunos cuerpos de trabajo en la obra de Lourdes que me han dejado pensando desde que los vi. Es porque me han obsesionado más que otros de los que he seleccionado. Desde luego su empresa es mucho más extensa e incluye desde sus primeros experimentos sicodélicos hasta los últimos (que siguen teniendo algo de esto). Ha engrapado algunas fronteras y transgredido otras. Ha hecho paisajes y fotos de paisajes, ha alterado paisajes y vuelto a retratarlos. Inclusive ha hecho teatro que no me ha tocado ver y del cual no sabría cómo escribir. Con decirles que mientras producía todo esto ha criado hijos de cuyo trabajo también se podrían escribir otros ensayos.
Haciendo la lucha
Me cuesta trabajo distinguir entre la historia de la lucha libre en México y las fotografías de la lucha de Lourdes Grobet. Mi primer acercamiento al mundo de las luchas fue a partir de ellas. Antes que Cameron Jamie, Jeffrey Vallance, Ralph Rugoff, Vicente Razo, Carlos Amorales, el Doctor Lakra e infinidad de otros artistas jóvenes y no tan jóvenes descubrieran la lucha libre en su más sofisticada variedad, que es la mexicana, existieron las fotos de Lourdes. Si bien es cierto que no aparecieron de la nada y que las preceden artículos de Roland Barthes y hasta pinturas de Picasso, la verdad es que no hay un cuerpo de trabajo tan exhaustivo ni tan influyente sobre la lucha como el de ella. El material es tan rico y variado como el tema y cubre casi todas las posibilidades fotográficas. Lourdes ha explorado desde el fotoperiodismo hasta la fotonovela y la fotografía construida a colores. La lucha libre es de hecho un lenguaje y una representación; por lo tanto, la objetividad realista de la documentación fotográfica está siempre sometida a las convenciones superheroicas establecidas de antemano y es siempre mitológica. Recuerdo la imagen de una luchadora enmascarada amamantando a su hijo, que nos demuestra que el espacio privado es siempre público y de representación cuando es fotografiado. Pareciera que la mera presencia de la cámara altera el resultado objetivo del registro, como demostración del principio de la incertidumbre de Heisenberg.
Del fotoperiodismo y la fotografía deportiva pasamos a las fotos construidas (o diríamos más construidas), como los restos de lo que iba a ser una fotonovela producida por los mismos luchadores. Paradójicamente estas imágenes llaman la atención por su realismo. Las recuerdo como stills de algo que parece una película de acción revuelta con telenovela, tomados en crudas locaciones lejos del glamour hollywoodense. Son enigmas de una narrativa ausente que llenamos con nuestro deseo e imaginación.
Otras fotografías "deliberadamente" posadas también serían los retratos ultrabarrocos a color en formato mediano tomados en las salas de las casas de los luchadores. El abigarramiento estético consciente y balanceado de muebles y artesanías que imitan antigüedades europeas podrá ser considerado kitsch, pero sería injusto y equivocado llamarlo mal gusto. Es tan bueno como las intenciones de los técnicos y las mañas de los rudos. En este caso, más que recurrir a las estéticas y las experimentaciones de la vanguardia, Grobet utiliza composiciones perfectamente equilibradas y un lenguaje que resultan en imágenes tan clásicas en todos los sentidos como lo son los verdaderos héroes.
Por Rubén Ortiz Torres |
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