Una persistencia en la forma parecería una contradicción en un pintor como Carlos García de la Nuez, quien se encuentra entre los más grandes y connotados abstractos en la historia de Cuba, su país natal; sin embargo, esa explicación la ofrece su propia poética de la imagen, su resaltar súbito del psiquismo, su noción de principio, su reconocimiento del presente de su pintura. Por que el acto creador para este pintor, no tiene pasado, no tiene al menos un pasado próximo, remontándose al cual se podría remontar su preparación y su advenimiento. Aún cuando esta pintura establece de antemano una relación entre una imagen poética nueva y arquetipos dormidos en el fondo del inconciente; relación que no es causal, por que la imagen del artísta no está sometida a un impulso,: no es el eco de un pasado, es más bien lo contrario: en el resplandor de sus formas, resuenan los ecos del pasado lejano, sin que se pueda ver hasta que profundidad van a repercutir y extinguirse. Su novedad en la forma responde a una imagen que tiene ser propio, dinamismo propio, por que procede de una antología directo.
La comunicabilidad de una imagen singular es un hecho de gran significado antológico. El pintor no confiere el pasado de su imagen, sin embargo, su imagen arraiga enseguida en quien los observa. La imagen arrastran, después de surgir, pero no son los fenómenos de un arrastre, ni siquiera están obligadas a ser lo que el artista ha debido padecer en el curso de su vida; más la imagen súbita, la llamarada del ser en la imaginación, escapan a tales encuestas. Es preciso llegar a una fenomenología de la imaginación , lo que quiere decir, estar en el instante en que la imagen surge en la conciencia como un producto directo del corazón, del alma, del ser del hombre captado en la actualidad.
¿Cómo ese acontecimiento efímero que es la parición de una forma plástica singular, puede ejercer acción sin preparación alguna, sobre otras almas, en otros corazones y eso, pese a todas las barreras del sentido común, a todos los prudentes pensamientos complacidos en su inmovilidad? Esto ocurre espontáneamente cuando estamos ante los cuadros de Carlos García de la Nuez. Una transubjetividad opera en su esencia, únicamente por los hábitos de la referencias cultas que habitan al artista. Todas esas subjetividades y transubjetividades no pueden determinarse de una vez y por todas, por que la imagen poética es esencialmente variable. Para eso hay que asociar sistemáticamente el acto de la conciencia donadora de García de la Nuez con el producto más fugaz de su conciencia. La imagen en su simplicidad no necesita un saber; es propiedad de una conciencia ingenua. Y Carlos es lenguaje joven. Como suele ocurrir en el poeta, la novedad de sus imágenes es siempre origen de sus lenguaje.
La obra García de la Nuez tiene cada vez más un origen en el alma, en esa palabra inmortal, imborrable, de aliento, imprescindible para retener por sí sola la atención, y para determinar el tono del artista, al decir de los griegos eso tensión, como la de la cuerda tensada, de la que brota la eufonia.
En el terreno de la pintura, donde la realización parece traer decisiones que proceden del espíritu, que encuentran obligaciones del mundo de la percepción, la fenomenología del alma puede revelar el primer compromiso de una obra. En esta nueva muestra de Carlos García de la Nuez, para comprender, para sentir y amar sus mensajes, hay que lanzarse al centro, al corazón, a la encrucijada. Y el alma_ la pintura de Carlos lo demuestra_ posee una luz interior, la que una visión íntima conoce y traduce en el mundo de los colores de la tierra y en el mundo de la luz del sol. Sus cuadros participan de una luz interior que no es reflejo de una luz del mundo exterior. Pero el que habla aquí es un productor de luces, vive en el sentido íntimo de la pasión, de los tonos,; hay un alma que lucha y su obra redime a un alma apasionada.
Las pasiones se incuban y hierven en la soledad del artista. Encerrado en sus formas, prepara sus explosiones o sus proezas, y todos los espacios de soledades pasadas, de goces, de deseos, de compromisos, de influencias, se hacen imborrables, se convierten inconcientemente en materia dispuesta. El artista sabe por instinto que esos espacios son constitutivos, incluso cuando dichos espacios están borrados del presente; esos reductos tiene el valor de la forma. Entonces, cuando Carlos García de la Nuez llega a las regiones más profundas de la ensoñación conoce, tal vez, reposos antihumanos, y toca así lo inmemorial.
Elena Tamargo, México D.F. Marzo de 2008 |
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